Karina K

Nota de Veintitrés
13/02/2014
Me siento un animal de teatro
Karina K
Hace tiempo que dejó de ser considerada una revelación para consagrarse como una de las artistas más completas de la escena argentina. Actriz, cantante y bailarina, integrante de lo mejor que ha dado el teatro under porteño, Karina K –47 años– tiene entre sus logros haber sido Sally Bowles en Cabaret, Norma Cassidy en Victor Victoria, Lucy en el Drácula de la dupla Cibrián Campoy-Ángel Mahler y la Señora Lovett en Sweeney Todd, donde compartía cartel con Julio Chávez.
 
 
Tras casi dos años de preparación, y con diez kilos menos debido a los intensos ensayos previos que demandó la puesta de la obra, por estos días se pone en la piel de Judy Garland en el musical Al final del arco iris, acompañada por Antonio Grimau y Federico Amador y bajo la dirección general de Ricky Pashkus y musical de Alberto Favero.
 
–¿Por qué Judy Garland?
 
–Porque después de hacer durante tres años Souvenir, donde interpretaba a la peor cantante lírica de la historia, un personaje de culto, Florence Foster Jenkins, le comenté al director de la obra, Ricky Pashkus, que había dando vueltas un musical sobre Garland. Y él, que es expeditivo, averiguó, vio que había puestas en varios países, se entusiasmó y finalmente, junto a su hermano Tommy, Julio Chávez y Roberto Moure, adquirió los derechos. Fue un acto de amor. Tres semanas más tarde de eso se triplicó el valor de la obra, porque empezaba a ser nominada a los Tony, los premios a las producciones de Broadway.
 
–¿Cuál fue el principal desafío a la hora de encarar este papel?
 
–El rol en sí o –como dirían los estudiosos “finolis” del teatro– la caracteropatía. El de esa Judy que fue una mujer dotada, que se paró en un escenario por primera vez a los dos años y medio. La misma que a los trece conmovió el corazón de Louis Mayer, de la Metro Goldwyn Mayer, para que la terminara contratando como actriz de reparto y luego para coprotagonizar películas con Mickey Rooney. La que se convirtió en una estrella mundial, a partir de 1939, como Dorothy, en El Mago de Oz, y comenzó a ser explotada en los estudios. A la talentosa que, para adelgazar, para rendir, le daban anfetaminas, porque era la época de beldades flaquísimas como Lana Turner o Elizabeth Taylor.
 
–¿Cómo fue el proceso de investigación previo al estreno?
 
–Consistió, más que nada, en informarme sobre su biografía. Un amigo me consiguió un libro escrito por Anne Edwards, una asistente que estuvo muy cerca de Judy, donde cuenta detalles muy íntimos. Desde sus cambios de humor repentinos y el gran sufrimiento que tuvo por la muerte de su padre, hasta la pérdida del dinero ganado con El Mago de Oz por una mala inversión en la industria de las minas de carbón.
 
–¿Qué hay de Garland en vos?
 
–La pasión por las tablas. Ella solía decir que la salvaba el aplauso del público y su sentido del humor. Y siento que mi sentido del humor, ante muchas cosas de la vida cotidiana, sorteando las distancias, me salva también. Que podrían agarrarme ataques ante las injusticias, pero no. Además, el escenario es para mí un lugar de comodidad. Me subí por primera vez a un escenario a los cuatro, cinco años, para una muestra en la escuela a la que iba, en Quilmes. Tengo sensorialmente el recuerdo de estar bailando una danza típica española, bajo las luces, y escuchar comentarios para bien, de lo que estaba haciendo. En ese sentido puedo identificarme con Judy. Veo la película sobre su vida y me digo: “¡Pero esto me pasó a mí!”. Me siento un animal de teatro. Cada vez que llego a la sala lo disfruto; el camarín es mi lugar, me concentro. Es como un espacio sagrado que yo misma creo. Sobre todo cuando me toca evocar a una artista como Garland, donde casi pidiendo permiso, me conecto y miro sus fotos cada día, sigo escuchando sus canciones.
 
–Ella fue muy desprolija con sus finanzas. ¿Cómo es tu relación con el dinero?
 
–Más cuidadosa, por suerte. Soy una laburadora que no tuvo la oportunidad de ganar millones como ella. De las que no tienen manager, vino del teatro under y está terminando de pagar su casa.
 
–¿Alguna vez transitaste momentos químicamente turbulentos como los que padeció Garland?
 
–Sí, en mi adolescencia, a los dieciocho años, durante un breve tiempo. Fue una etapa en la que estaba muy sumergida en el punk rock. Pensemos que, en Buenos Aires, era la eclosión de grupos como Sumo y Los Violadores. Y yo era muy rockera. Entre los trece y los dieciocho había sido gimnasta del Club Gimnasia y Esgrima. A esa edad tuve una lesión en un pie y no pude entrenar más. Ahí me enamoré de un chico muy rockero y comencé a moverme en ese ámbito, donde se jugueteaba un poco con la mezcla de estupefacientes, que como bien dice las palabra nos estupidizaba. Sin embargo, en el fondo, sabía que iba a ser actriz. Y en momentos en que estaba con esas combinaciones químicas me reía y me decía: “Esto, en algún momento, me va a servir para algo”.
 
–Y, finalmente, esa experiencia terminó siendo útil para representar a Judy...
 
–Sí, para interpretar la última etapa suya, cuando toma anfetaminas en exceso y canta “Con lluvia o con sol”. Entiendo ese momento, porque sé cómo es desde lo químico y lo que sucede en el cuerpo. Obviamente, no es algo que tienen que hacer las actrices. Pero a mí –que pasé algo así por un tema mío personal, una vulnerabilidad, un vacío que tenía en el corazón, un miedo al no futuro– me sirvió para interpretar este papel con la verdad. Porque hasta los escalofríos que Judy sufre en la última escena tienen que ver con lo que pasé físicamente, una noche, después de un exceso de anfetaminas. Afortunadamente, con los años, pude resolver aquellos mambos gracias a la filosofía budista y un poco de psicoanálisis.
 
–¿Qué extrañás de tus años en el teatro under?
 
–Esa libertad de poder decir “va esta foto, va este vestuario”. Porque cuando uno ingresa a un espectáculo donde se suma una producción externa decide quién aporta el dinero para realizarlo. Justamente tengo en carpeta hacer un espectáculo mío sobre aquellos años. También estoy preparando, para algún momento, un proyecto de hacer una versión de Eva, el musical, pero en concierto, con una orquesta de cámara.
 
–Próximamente se te podrá ver, también, en el canal Pakapaka.
 
–Sí, porque el año pasado participé de la película Caídos del mapa. Me divertí muchísimo haciéndola. Ahí interpreto a una maestra muy particular. Fue algo fantástico, con muy buenos actores. Y eso se convirtió en una serie, de varios capítulos, que se transmitirá por ese canal.
 
–¿A qué otros personajes icónicos te gustaría darles vida en escena?
 
–Alguna vez, con mucho estudio y entrenamiento, me interesaría interpretar algún personaje femenino de Shakespeare, como Lady Macbeth. Si no, Yerma, de Federico García Lorca o, de la tragedia griega, Medea. Me gustan esos personajes fuertes porque tengo cierto temperamento. Menos mal que practico el budismo, si no estaría emocionalmente desbordada.
 
 
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