Karina K es Yiya Murano

Revista Gente
08/05/2016
YIYA AMABA LA NOCHE
Karina K es Yiya Murano
“YIYA AMABA LA NOCHE, LA VIDA SOCIAL Y EL SEXO”
 
Karina K es Yiya Murano en un nuevo musical
Al borde de los cincuenta y con mucha historia en el teatro under, se anima al juego de la transformación, revelando cómo compuso a su asesina en tono de comedia. “Es la mayor locura que he tocado en un rol”, afirma.
 
 
Yiya venía mucho al Nacional”, cuenta Karina K (49) sentada en la platea del mítico teatro de la avenida Corrientes, donde alguna vez estuvo sentada Yiya Murano, cuarenta años atrás. “Amaba la noche, la vida social y el sexo. Se la pasaba viendo teatro de revista”, agrega sobre la envenenadora de Monserrat. Y se entusiasma con todo lo que tenga que ver con la asesina más famosa de la historia argentina, a quien le da vida en Yiya, El Musical, con dirección de Ricky Pashkus, libro de Osvaldo Bazán y melodías de Ale Sergi. 
–Ricky y Bazán dicen que cuando planearon la obra, pensaron automáticamente en vos para ser Yiya...
–Bueno... Ricky me llamó y me dijo que había pensado en el abordaje que yo podría hacerle al personaje, y ahí me quedé pensando. Yo venía de hacer a Judy Garland, un rol lindo, frágil y angelado... La verdad, me parecía muy difícil de pronto ser una asesina serial, una mujer codiciosa, una especie de ave rapaz. Pero leí el texto de Bazán y comprendí que debía aceptar. Para mí siempre es así: leo el guión y sé de una si es para mí o no. Esta es una obra hilarante, con la música excelente de Ale Sergi, que es un hitero total. No podía rehusarme.
–¿Como hiciste para componerla?
–Leí el libro que escribió su hijo (fue difícil conseguirlo) y así entendí la psicopatía de Yiya. Vi las entrevistas en YouTube con Solita Silveyra y Lía Salgado, que son útiles y siempre te devuelven algo. Leí entrevistas... Y eché mano a los recursos de mi formación actoral. Cursé bastante escuela en el teatro de bufón, donde aprendí a hacer esperpento, que es aquello que tiene que ver con la deformación. Por eso me dediqué a extremar la expresión hacia la brutalidad humana y a lograr interpretar su deformidad interior. No la física, sino la de su alma.
–Contame algunas características de Yiya.
–Me gusta esa cosa que tenía de señora porteña de la época, entre bienuda y caché. ¿El resto? Ufff, deplorable: fue una maestra de escuela que nunca trabajó. Viciosa por el dinero: se lo gastaba en ropa y estupideces. Tenía una mentalidad muy facha. Era falluta, mal hablada, enigmática y fría, sádica y manipuladora. 
–¡¿Cómo se hace una comedia musical con eso?!
–¡No sé! ¡Ja, ja, ja! Pero me reí un montón con el libro de Bazán. Ese fue el primer imán. Yiya contaba muchos chistes verdes. Era morbosa.
–¿Cuál es tu mayor desafío con este papel?
–¡Es la mayor locura que he tocado en un rol! Nunca antes interpreté a alguien que le quitó la vida a otra persona, y de esa manera... Todo fue premeditado y agravado por el vínculo: mató a amigas y a una prima.
–¿Por qué sos actriz?
–Viene de familia. Mis padres me veían condiciones, y como era muy inquieta me mandaban a danza. Nací en Quilmes, pero crecí en Barrio Norte, adonde nos mudamos porque papá era psicoterapeuta. El además tocaba el clarinete y la guitarra, y mamá daba clases como profesora de cerámica. Sus hijos estábamos muy estimulados. Hoy mi hermana es artista plástica y mi hermano, alfarero. Fui a la Escuela Nacional de Danzas, y luego empecé con teatro corporal, con lo clownesco. Me anoté en cursos del Teatro San Martín y me la pasé merodeando el under. De los 21 a los 28 viví en Barcelona, donde la remé bastante. Volví y empecé a trabajar con el neo cabaret. Así llegué a Antidivas, mi primer gran show, en plena eclosión del under porteño, con artistas como Verónica Llinás y Humberto Tortonese. 
–¿Extrañás el under?
–Sí. 
–Sin embargo, el año pasado estuviste en Pol-ka, con Esperanza mía, y ahora te lucís en el teatro comercial. ¿Lo vivís con contradicciones o prejuicios?
–Para nada. Estoy agradecida. Lo hice porque quería interpretar a una monja. Además había un mega elenco, con Rita Cortese, por ejemplo, y Lali Espósito, que es un meteorito. El teatro comercial me divierte. Confío en Ricky, que me deja volar. Trabajamos juntos desde hace once años. 
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Faltan un par de horas para que empiece la función y en camarines no hay quién no celebre que Karina K sea Yiya. “¡Qué bien que estás!”, exclama Dany Mañas, histórico productor teatral y televisivo, íntimo amigo de Susana. “Me conoció a los 16 años, en la época de Sugar. Fue uno de los primeros en decirme que tenía que dedicarme al musical”, explica, agradecida, Karina-Yiya. Después se acerca Antonio Grimau, sin ánimo de interrumpir la entrevista: “Sólo quiero darle un buen abrazo a esta amiga de siempre”. Lo sigue Victorio D’Alessandro, ex compañero de Pol-ka. “Son compañeros de sala: hacen Filomena Marturano. ¡Qué linda pieza!”, señala Karina, que desborda pasión por el teatro y sus entramados. Entonces cuenta que a fines de los 80’ se puso la K –“que es un apellido y no lo es”– porque en el under se usaba cambiar de nombre. “Quise que empezara como termina. Mocchio es mi apellido en el documento”, confiesa, y se despide: “Hay una mística en los roles y en cuándo llegan. Pasé por muchos: Niní Marshall, Víctor Victoria, Judy Garland... Pero este papel me llega en un momento de mi carrera en el que puedo abordarlo, interpretándolo hacia donde quiere ir el director”.
–¿Y ese camino a dónde llega?
–La verdad, con Yiya... llegamos a un lugar extremo, difícil de alcanzar. 
 
Por Ana van Gelderen. Fotos: Fabián Mattiazzi. 
Agradecemos a Fabián Sigona (peluca) y Sofía Di Nunzio (vestuario)
Por Ana van Gelderen. Fotos: Fabián Mattiazzi.
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