Dialogo con Ricky Pashkus

El Argentino
17/08/2016
talento es la capacidad de conducir el don que se tiene
Dialogo con Ricky Pashkus
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Diálogo con Ricky Pashkus, maestro coreógrafo
15/08/16 | “Para mí el talento es la capacidad de conducir el don que se tiene”
Diálogo con Ricky Pashkus, maestro coreógrafo
Ricky Pashkus nació el 23 de febrero de 1955. Es el segundo hijo del matrimonio conformado por Eriko, inmigrante austríaco; y su madre Alejandra de origen polaco. Ambos eran dos inmigrantes que salieron en busca de su tierra prometida, luego de la segunda guerra mundial.
Ricky Pashkus estuvo en Gualeguaychú el viernes 6 y el sábado 7 de agosto para compartir una clase magistral en el Instituto de Danzas que dirige Nina Fuentes, en el marco de los 40 años de vida de ese estudio.
Productor teatral, pero también maestro coreógrafo y director y creador, Pashkus recibió a EL ARGENTINO luego de compartir una clase con las alumnas del Instituto y a minutos de haber recibido por parte de la Municipalidad el reconocimiento de Visitante Ilustre de la Ciudad.
Un especialista en comedia musical y en composición coreográfica, en rigor, Ricky Pashkus es un maestro de la sensibilidad y convierte lo complicado en algo simple y sabe calibrar el alma para estar despierto a nuevas emociones.
Para los amantes de la trayectoria, se puede señalar que coreografió a Julio Bocca y a Eleonora Cassano, que en la actualidad tiene la dirección general de “Yiya, el musical”, en el Teatro El Nacional; que ganó tres premios ACE, un Clarín, y dos Estrella de Mar y que ha sido declarado personalidad destacada de la cultura.
Pero es algo más que todos esos reconocimientos, valiosos por cierto. Es una persona que sabe y sabe transmitir, tanto en el estudio como en la esquina de un bar. Él mismo es un aula a cielo abierto.
“No pongan cara de bailarinas… bailen”, enseña para encontrar ese diálogo intimista con la danza que despertará emociones en el público. “No se sientan mal por ser sapo de otro pozo”, desafía para afrontar todos los obstáculos. “El problema no es el paso de danza que no sale, el problema es no intentar superarlo. El problema es no danzar”, explica para que la técnica se una a la creatividad.
 
-Primero comparta alguna referencia de su infancia…
-Mi infancia fue muy particular. No fue la infancia modelo de mi generación y digo que fue particular porque tampoco genera modelos. En general la clase media y clase alta no suelen generar artistas y yo provenía de una clase media acomodada. Y después en la época que ya ni me acuerdo de qué ministro, quiebran y para esa época yo ya era adolescente. Es decir, crezco en una infancia de familia acomodada, viviendo en un barrio de clase alta como Recoleta (aún vivo en ese barrio). Mis padres llegaron a principio de la década del ´50 literalmente sin un peso y gracias a sus esfuerzos logran una posición económica importante en tan sólo seis o siete años. Nazco en ese seno, voy a escuelas inglesas, con mucho deporte y me crío en un ambiente en donde no se visualizaba que podría llegar a ser lo que soy.
 
-Justamente, la pregunta era en ese contexto cómo llegó a la danza…
-Quiero aclarar que fui inmensamente feliz. Pero a la danza llego por la angustia, por el saber que era sapo de otro pozo. Y quiero volver al origen de mi familia en Argentina. Ellos llegaron al país en un barco, viajando en la bodega. Mi padre provenía de una familia muy humilde, pero sabía hacer hermosas camisas. Y creo que heredo de ellos la angustia y no el bienestar. Pero heredamos el gusto por la vida. Mi madre hablaba siete idiomas y la cultura en mi casa se vivía de verdad. No digo que la tenga, sino que ellos nos la hicieron vivir plenamente. 
 
-Generalmente en esos hogares de inmigrantes que llegaron en bodegas y lograron cierta posición, se sueña con el hijo profesional…
-Exacto. En esos años “mi hijo el doctor” era casi una premisa, aunque hoy en día esté bastante desvalorizado. Pero es evidente que crezco en ese seno y que no satisfago las exigencias de la clase social a la que pertenecíamos. Incluso mis padres tampoco satisfacían esa pertenencia social y heredo también esa conciencia de no pertenecer a lo que estaban viviendo.
 
-Insistimos. ¿Y a la danza?
-Entro de manera muy extraña. A la salida de la escuela secundaria me iba al Teatro Colón y veía a los grandes consagrados y me ponía a bailar. Sin embargo, nunca pedí ser bailarín, aunque bailaba en mi casa durante horas y horas durante el día. Es más, mis padres no querían que fuese bailarín y de alguna manera no explícita, pienso con los años, asociaban la danza con la homosexualidad. Es decir, tenía muy claro que cuando mi padre me veía bailar solo en mi cuarto, estaba temiendo que fuera homosexual. Yo en esos años no recuerdo si se decía la palabra homosexual, pero sí que se tenía la sensación de que ahí había un problema grave. Y me olvidé de la danza. Por eso no soy una persona realmente formada en la danza. Soy un caso atípico y aclaro para que no se malinterprete, eso no implica nada heroico. Una vez una alumna mía, que se llama Laura Prieto (por si lo está leyendo) me dijo: “Cuando entraste al Teatro Colón, te ví y me dije, éste es un carnicero, no es un bailarín”. Y Laura tenía razón.
 
-Pero llegó a ser socio de Julio Bocca…
-Más que socios, somos grandes amigos. Cuando me acerco le digo que no tenía idea de nada. Y me dijo: “quédate tranquilo que se nota”. Y agregó: “Mirá esos pies que tenés, parecen dos mortadelas”. Pero también me dijo que tenía mucha calle y a veces a la danza le falta eso, calle. Y concluyó que haríamos una buena sociedad; que él se encargaría de las cosas técnicas y yo de cobrar las cuotas, de cuidar a los chicos. Y me transmitió algo más: que yo tenía el baile dentro. Entonces le contesté que había estudiado muy poco y que bailaba muy poco. Me respondió: “Se nota, pero lo hacés mejor que muchos”.
 
-Cuando inicialmente dejó la danza por los prejuicios de su padre, no pensó en ser músico, actor…
-Sí, claro. De hecho dejé de ser bailarín y me dediqué al teatro. Y redescubro la danza a los 18-19 años. Hice mi búsqueda actoral, pero regresé a la danza porque era un amor inevitable.
 
-Y en ese reencuentro qué pasó…
-Transito otro camino, esta vez estructurado de verdad. Comencé básicamente por la danza, pero luego accedí a la coreografía; de la coreografía a la dirección general de los espectáculos y de ahí a la gestión más integral o más nacional, si se me permite el término.
 
-¿Qué es eso de la gestión nacional?
-En la actualidad de lo de Nina Fuentes me voy a Misiones y luego iré recorriendo gran parte del país, representando a un programa de la Televisión Pública que se llama Argentina baila en Tecnópolis.
 
-¿Y qué hace en esa gira?
-Buscando cincuenta bailarines de folklore. Todas esas personas serán invitadas a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante un mes y medio. Con ellos se prepararán galas con el Teatro Colón, con el Teatro San Martín y otros escenarios y con bailarines consagrado o de importancia y haremos seis galas en Tecnópolis que serán televisadas por la TV Pública. A esos cincuenta bailarines se les pagará absolutamente todo y elegiremos a la mejor pareja de baile folklórico y al mejor solista. Y el premio que otorgará el Ministerio de Cultura de la Nación, Técnópolis y la TV Pública serán 200 mil pesos aplicados a un año de estudios, que también pueden ser destinados a un viaje que haga a la formación artística.
 
-Si bien los sabios enseñan que siempre es mejor salir al encuentro que quedarse inmóvil y llamar. ¿Por qué sale de gira para esta selección y no sacaron un aviso en los diarios convocando para esta iniciativa?
-Porque esta dinámica es histórica en mí. Hace muchos años, cuando teníamos con Julio Bocca la fundación, uno de mis roles era recorrer el país en una iniciativa que se llamaba Proyecto Intercambio. Y eso lo hicimos durante doce o quince años y ese espíritu sigue habitando en mí.
 
-Usted enfatizó luego del ensayo en el Estudio de Nina Fuentes que no se tiene que poner cara de bailarina, sino que se debe bailar, porque la cara viene sola. El talento se tiene que trabajar o es un don que se posee y listo…
-Con los jóvenes trato de no usar lugares comunes. Porque uno de los grandes problemas que tenemos, ya no en Argentina sino en el mundo, es que las clases sociales más altas y sobretodo los mayores, transmiten a los jóvenes refranes para ilustrar sobre una determinada cuestión, pero que finalmente terminan expulsando a los jóvenes del campo laboral. Por ejemplo, “este es un país de mierda”, “todo es una corrupción”, “que se vayan”, “que se queden”, “acá no hay posibilidades” y un largo etcétera. Y el refranerío es un mal endémico en el país. “Para qué”, “si total”, “no hay opciones”… y todo eso genera una liturgia del desasosiego en el peor sentido de la palabra. Y enfatizo en el peor sentido, porque también entiendo que el desasosiego es una expresión muy bella del alma. Y así un maestro en vez de enseñar se convierte en un estimulador de que vale la pena vivir. No soy los que dicen que se debe aprender estudiando única y solamente. También se aprende yendo al cine, se aprende caminando. Y claro, por supuesto que hay que estudiar. Para mí el talento es la capacidad de conducir el don que se tiene. Sin conducción talentosa de ese don, estamos muertos.
 
-Sin apelar a los refranes, ¿qué quiere decir conducción talentosa del don?
-Sin apelar a los refranes “estudie”, “cante”, “baile”, diría que es algo talentoso y que cada uno sabrá. Hay personas que se matan todo el día y no logran nada. Pero creo que alguien que tenga una mirada de cómo conducir su barco, seguramente llegará a buen puerto. Y aquí la palabra derrotero es hermosa también.
 
-Imaginemos que existe un lector que está leyendo esta nota y duda si apoyar a su hijo a estudiar danza. ¿Qué le diría?
-Lo primero que le diría es que está perdiendo el tiempo. Porque si su hijo no es artista, que lo apoye o no lo apoye da igual. Y si su hijo es artista, que no lo apoye se lo pierde… porque será artista igual. Entonces volviendo al padre, le diría que no se pierda la oportunidad de experimentar el crecimiento de ese hijo, que seguramente estará mejor que todos, tendrá una misión, y podrá articular y construir soluciones para reconvertir la realidad en un hecho de celebración para la vida. Va a poder hacer bien a la gente. Y nada que el padre pueda hacer para que ese hijo deje de ser artista, hará que ese hijo deje de ser un artista. Entonces el mensaje final es que si un padre cree que por desalojar su apoyo, su hijo dejará de ser artista, pierde el tiempo y se pierde esa maravillosa experiencia de vida. Los artistas nacen por superar obstáculos, y a veces entre esos obstáculos está el no poder satisfacer los deseos de sus padres.
Por Nahuel Maciel
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