Metáforas de colores

Gerardo Otero y Julio Chávez
25/01/2014
Nuestra opinión: muy buena
Metáforas de colores
Red/ Libro: John Logan/ Adaptación: F. Masllorens y F. González del Pino/ Intérpretes: Julio Chávez y Gerardo Otero/ Escenografía: Jorge Ferrari/ Vestuario: Mini Zuccheri/ Iluminación: Eli Sirlin/ Stage manager y asistente de dirección: Max Otranto/ Producción ejecutiva: Javier Madou/ Director de producción: Ariel Stolier/ Producción general: Pablo Kompel/ Dirección: Daniel Barone/ Sala: Paseo La Plaza/ Duración: 70 minutos. 
Nuestra opinión: muy buena
 
"Qué es lo que ves?... Estos cuadros merecen compasión, viven o mueren de acuerdo a la sensibilidad del espectador. Fueron creados para despertar tu sensibilidad. Se lo merecen", le dice Mark Rothko a su joven asistente. Y todas las conversaciones que se sucederán entre ellos, casi todas, girarán en torno del arte, de la pintura. Claro, desde lo aparente, porque la obra de John Logan tiene delgadas capas paralelas de lectura. El bellísimo texto de Red se nutre de potentes metáforas de colores, valga la redundancia.
 
Porque todo gira en torno a las artes plásticas y cualquier espectador vinculado a ellas podrá disfrutar como un sibarita de nombres, estilos, definiciones, pareceres. Pero esos temas son sólo un vehículo hacia otros destinos que tienen que ver con el pensamiento humano y su psicología. El espectador común no será ajeno: en primer lugar, porque la gran cantidad de información que el texto aplica desde lo dscriptivo es tan bella como elucidaria. Pero a su vez, Red no habla sólo de la pintura, de la visión del artista y el tránsito por su obra hasta que ésta cobra vida. También hace eje en un vínculo concreto que es el de tutor-discípulo (padre-hijo, tal vez), y a través de esa estructura se plantearán distintos tópicos tan sutiles como exquisitos.
 
¿Qué tanto sabe uno de sí mismo? ¿Qué quiere provocar el artista en el espectador? Esa ilusión de movimiento, de fascinación, podría ser roja para unos, negra para otros. La sensibilidad es distinta en cada ser humano, sobre todo en aquellos que están acostumbrados a mirar no sólo con los ojos. Sabemos muy bien que la certeza de uno puede ser la opuesta al punto de vista del otro. Red habla de opuestos y de oposiciones, de simbiosis y de equilibrio, de obsesiones y de convicciones.
 
Aquí el gran maestro ha aceptado, por dinero, pintar obras maestras para ser colocadas en uno de los "templos del consumismo": un restaurante exclusivo situado en el edificio Seagram, de Nueva York. ¿Qué pasará cuando Ken se dé cuenta de la gran contradicción de su maestro? La confrontación de una dialéctica intelectual, estudiada y pasional, con otra dialéctica intuitiva, con el sabor genuino y delicioso de la ingenuidad.
 
Daniel Barone parece ser el director ideal para esta propuesta. Además de haber logrado un excelente desplazamiento escénico, en un ámbito hiperrealista de película (con el aporte siempre efectivo de Jorge Ferrari), se dio el gusto de crear sus propias pinturas, fotografías realmente hermosas. Pero esas postales no afectan al acto vivo, al suceder. Esos cuadros alimentan a los actores.
 
Julio Chávez continúa demostrando por qué es uno de nuestros grandes intérpretes. Encarna a este Rothko soberbio, lunático e hiperquinético en una línea que sólo él podría dominar sin salirse del hilo delgado, difícil, por el que transita. Es exacto, preciso y hace de la dificultad un arma a su favor. Su criatura es verborrágica, pero él logra que esa catarata de palabras y acciones se vuelva una sinfonía. Frente a él se planta con hidalguía Gerardo Otero, joven actor de las lides de Timbre 4 que ya demostró su solvencia en obras como Agosto, condado Osage y Buena gente. Su personaje confronta a Rothko con cautela, confianza, sin temores. Del mismo modo se topa con Chávez, con soltura y seguridad, en un trabajo muy propio que no corre el menor riesgo de treparse al carro de su compañero. Es un hecho para destacar que la producción y el protagonista hayan decidido tener confianza en un actor sólido sin un cartel "popular". Es hora de que esta actitud se propague. Sin dudas, Gerardo Otero habrá cambiado su carrera luego de este gran trabajo y quien no lo conozca grabará su nombre, agradeciendo su actuación. La conexión entre ambos actores y la réplica que logran es tan orgánica como sincrónica. Se dan de beber mutuamente y eso hace saludable la propuesta.
 
Otros puntos por destacar de Red son el vestuario de Mini Zuccheri y la puesta de luces de Eli Sirlin, socios en esta bella armonía..
LA NACION / Laura Cano
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