Ricky Pashkus

Clarin
30/07/2017
No admiro a los que toman atajos
Ricky Pashkus
Entrevista
 
Ricky Pashkus: "No admiro a los que toman atajos"
Antes de ser el prestigioso coreógrafo, se inventó trabajos como "clases de baile para madrinas de novias". Retrato de un bailemaníaco".
 
Ricky Pashkus: "No admiro a los que toman atajos"
Sapo de otro pozo. "Cada vez que se porte mal, regálele algo", le decían a su madre.
 
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(2) comentarios
 
Ricky Pashkus
Una mujer unió indirectamente a Steven Spielberg y a Ricky Pashkus. Fue Alexandra, princesa polaca que escapó en tren vía Rusia, hizo escala en Japón y aterrizó en la Argentina. El director de La lista de Schindler eligió la historia de la madre del coreógrafo para sumarla al archivo del Holocausto. Lo que no supo Spielberg es que en la vida del director y docente argentino había una posible película fantástica.
 
Mucho antes de ser socio de Julio Bocca o de fundar una escuela/estudio junto a Julio Chávez, Ricardo Pashkus fue un trotamundos que inventó rubros desopilantes para ganarse el pan. Dictó "clases particulares de baile para madrinas de bodas". O clases para novias de “cómo ingresar a la Iglesia”. El ingenio llevado al extremo. "De repente les hacía poner un zapato con un taco roto y les enseñaba a las novias a resolver una caída. Tuve el gran privilegio de la vida: no aburrirme", se ríe a los 62, mientras mira la vida por unos anteojos cuyos vidrios se unen mediante un imán.
 
Vive dibujando los pasos de otros, pero ahora piensa qué otros dibujaron los suyos: “Mi madre quería llamarme Ricardo León, pero tenía miedo de que me cargaran y terminé llamándome Ricardo Luis. Nací en el Mater Dei. Judíos como somos, nací en un nivel tremendo de contradicción, rodeado de monjas. La nurse le dio una indicación a mi mamá: que no me levantara si yo lloraba. Así que jamás me alzaron si lloraba. ¡Todo ese universo habilitó a mi artista! Estoy agradecido", lanza. "Para que entiendan el nivel de paradoja en el que crecí. Mi padre tomaba una medicación que lo hacía delirar y mi madre lo grababa cuando deliraba. Al día siguiente, escuchaban las grabaciones y reían juntos. ‘¿Yo dije eso?’, decía él".
 
Podría vivir feliz en Nueva York, su ciudad predilecta, pero elige como refugio la casa de Recoleta que habitó en su infancia. Alguna vez llevó adelante una agencia de viajes junto a su hermano Tommy. Incluso pensó en dedicarse a la aviación, después de haber volado por África, Asia, Europa y Latinoamérica sin respiro. Lo suyo estaba aún "más arriba". Desistió de continuar con el rubro textil que inició su padre, Erico, un austríaco que había anclado en Bolivia y fundó en Buenos Aires la fábrica Marcyl, Manufactura argentina ropa de confección y lencería.
 
"Un día mi madre me dijo: 'Creo que me enamoré de papi cuando vi cómo llevaba adelante la enfermedad'. No doy clases de esto, pero para mí el amor real es esa persona con la que hacés un vínculo de amor y de amistad. Yo, por ejemplo, sigo enamorado de la misma persona. Me enamoré una sola vez", suelta bajito.
 
-¿Una, nomás?
 
-Yo no me puedo divorciar y nunca más ver a esa persona. Eso no lo puedo considerar amor. El amor es un gran alivio y una construcción que uno hace para que no sea tan insoportable el paso por el mundo. Alguien que te dice que tenés que regar la plantita a medias, no. El amor no es regar plantitas. Yo no mido cuánto doy.
 
-¿Por qué creés que te gusta tanto formar?
 
-Porque la percepción de la comedia musical que yo veía afuera no era igual. Porque fracasé mucho en las audiciones. Cuando uno está en condiciones y eligen a otro, eso no es fracaso. El fracaso es no estar preparado. Y quien no está preparado requiere una compensación energética elevada: pensá, si no estás formado, tenés que superar los nervios y hacer malabares.
 
-O sea: el fracaso despabila y es formativo...
 
-Error, aprendizaje. Ojo. No es lo mismo alguien formado que compite con alguien formado, que la no igualdad de formación. Yo aprendí a entender que no hay que tener miedo a la competencia. La competencia requiere ser competente.
 
-Recibiste el no muchas veces. ¿Con la madurez lo aceptás más fácilmente?
 
-No. Me ofende. A los artistas nos ofende el no, porque el instrumento somos nosotros. Es como que te digan que sos feo. Leí algo muy interesante de filosofía: la ofensa es como la hendidura entre dos piedras. Uno puede decir eso está quebrado, pero por ahí entra la luz. O sea: ante la ofensa podés cerrarte y recluirte en vos mismo. Odejar entrar la luz.
 
-¿Por qué tenés el baile tan metido en los huesos? ¿Cuál pudo haber sido el origen?
 
-De niño era la ansiedad, el movimiento, transpirar, liberar la energía del cuerpo. Mis padres me llevaban al Teatro Colón y en las butacas yo sentía una excitación que me salía por los poros. Aplausos que duraban horas. Salía y en la puerta me ponía a bailar. Todos se reían. Mis padres lo festejaban. Me sentía el rey de la selva. Creo que el baile me daba otra identidad en la que me podía sentir admirado. En otras áreas no. En el deporte, no. En la escuela le dijeron a mi madre: "Su hijo es demasiado buenito". Entendamos la palabra buenito como cada uno quiera entenderla. La psicopedagoga le decía eso como crítica. El correctivo que le aconsejaron fue: "Cada vez que se porte mal, regálele algo". ¡Imaginate a un chico que crece en esa paradoja!
 
-¿Y empezaste a portarte mal para recibir obsequios?
 
-No. Quiero decir con esto que eso fue mi infancia. Yo ya era esta mezcla de mucha reclusión y mucha sensación interna de rollo. Resolverlo era salir para afuera casi maníaco, bailando y seduciendo a la gente. Bailar era esa forma de aliviar esa sensación de sapo de otro pozo.
 
-A veces ser sapo de otro pozo tiene una connotación positiva, distingue.
 
-Lo digo siempre: los que son sapo de otro pozo, logran cosas. En ese momento tal vez el sapo de otro pozo sufre, pero después agradece. Yo me sentía un sapo de otro pozo y el baile me acercaba a los otros.
 
-Estás acostumbrado a recibir a cientos de talentosos, pero también a aspirantes que prefieren los atajos. ¿Cómo lidiás con eso?
 
-A algunos no les puedo cambiar el chip. Los adultos tenemos dos o tres frases erradas, como que este es un país de m... O que los jóvenes no leen. Y cuando pido el nombre de alguien a quien admiran, nunca me nombran a alguien que no se formó. Nunca tienen como modelos a gente improvisada. Entonces: ¿Qué engaño estás viviendo cuando decís que el mundo es así y admirás a alguien formado? En la historia de los grandes artistas nunca hubo atajos. Yo respeto, pero no puedo admirar a los que toman atajos.
 
Ricky dirige la segunda edición de "Argentina baila", certamen de danzas que busca a los mejores bailarines de folclore del país. Su estudio de danza y teatro lleva casi cuatro décadas. Fue declarado Personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Dirigió éxitos como "La jaula de las locas", “Pingo argentino" y "Hairspray", entre tantos otros.
Marina Zucchi
clarin
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