Karina K, en la piel de Judy

Karina encarna a Judy
05/02/2014
Al final del arcoiris
Karina K, en la piel de Judy
Tiene un vestido negro "de ensayo", un collar de perlas chiquitas y una peluca "provisoria", aclara. Está sola en el escenario, pasando letra. Alberto Favero la mira de reojo mientras acomoda las partituras en el piano y sonríe. En ese momento llega Antonio Grimau, se detiene entre las butacas de la platea y se queda observándola en silencio. Ella sólo está pasando letra. Karina K no es de esas mujeres que la gente voltearía a mirar en la calle. No busca la atención desde lo estético ni apuesta a looks extravagantes para acaparar flashes. Denle tablas y luces y su magnetismo será inconmensurable. No en vano le dicen "la inmensa", y sólo ella podría ser capaz de convertirse en otra estrella de dimensiones gigantescas: será Judy Garland.
 
Los derechos para realizar la versión local de Al final del arco í ris, musical escrito por el autor británico Peter Quilter que repasa la vida de la legendaria artista estadounidense, fue un regalo sorpresa que Julio Chávez, Tommy Pashkus y Roberto Moure le hicieron a Ricky Pashkus hace más de un año. La obra se había estrenado en Broadway en 2012 y, después de un arduo trabajo de adaptación, audiciones y ensayos, llegará a los escenarios argentinos este miércoles, en el teatro Apolo, dirigida por Pashkus y bajo la batuta de Favero. Karina K tendrá todo el peso de ese protagónico en sus espaldas, pero no está nerviosa. "Siempre creo que las cosas se decantan en tiempo y forma, y llegamos al estreno cuando todos estamos afiatados y asentados con la obra. Es el momento para que se dé", dice.
 
Para el papel, adelgazó más de siete kilos, convencida de que necesitaba "otra fragilidad en el cuerpo" para encarnar a la Judy de sus tiempos más turbulentos. "Esta pieza teatral retrata sus últimos tiempos de vida, cuando estaba realizando una serie de shows en Londres y no podía controlar su adicción a las pastillas y al alcohol. Se centra en el período de abstinencia de ella, y las dos relaciones que tiene, su novio [personaje interpretado por Federico Amador], y su pianista de toda la vida [Antonio Grimau], un personaje que es evocativo en realidad. No hay datos biográficos de este personaje, Anthony Campbell, que hace Antonio, pero lo toma el autor como uno de los tantos repertoristas", explica. Investigó tan minuciosamente a su personaje que no escatima en detalles a la hora de definirla: "Judy era tan impredecible, tan ingobernable, que no podía tampoco sostener las relaciones laborales. Era una mujer muy difícil, adicta a las anfetaminas, a los narcóticos". Pese a transitar una etapa dramática en la vida de la artista, la obra es una comedia. Y lo cómico estará dado por los cientos de matices que constituyen a la propia Judy, sus contradicciones y su patetismo. "La dramaturgia tiene un gran sentido del humor. Todos los que responden a su locura responden desde un lugar cómico. Ella también se reía de sus contradicciones", aclara, y como para que no queden dudas de que puede manejar con holgura ese tránsito entre lo dramático y lo cómico, improvisa una escena en la que Judy pide "algo, alguna cosa, un cigarrillo, no, el cigarrillo me hace mal ¿dónde está mi cigarrillo?", con los dedos inquietos graficando una ansiedad insoportable. Provoca risa. Y Karina provoca admiración.
 
Tenía cuatro años cuando salió a escena para una muestra de danzas folklóricas y solita en el escenario sintió, sin verlas -"por la luz, que era muy fuerte"-, las miradas de todos posadas sobre ella, esperando la gracia, y ella, ansiosa por encantarlos. "Ese momento que te queda en el corazón, de «acá estoy bien, acá estoy cómoda» te entra por los poros. Es algo que se siente. Esa comodidad de estar en un escenario, de plantarse, es algo que te acompaña de por vida. En mí se hizo una vocación. En Judy, también", cuenta la actriz en una retrospectiva por su carrera, y, fiel a su filosofía budista, que sigue con devoción desde hace mucho, lanza: "La verdad, no me puedo quejar".
 
Daba sus primeros pasos como bailarina en Sugar , allá por 1986. Tenía algunas escenas con Ricardo Darín y Arturo Puig, los dos partenaires de Susana Giménez en el musical. Tenía 20 y todavía era Karina Moccio, así, sin seudónimo. Todos los días, cuando terminaba la función, se cruzaba corriendo desde el Lola Membrives hasta el Metropolitan para ver el final de Cabaret , que en esa versión tenía a Andrea Tenuta como Sally Bowles, un personaje soñado por todas las actrices de teatro musical desde que Liza Minnelli lo inmortalizó en la película homónima dirigida por Bob Fosse. "Yo miraba a Andrea y decía: «Siento que es un papel para mí». Pensaba que le pondría sangre." Tendrían que pasar más de dos décadas para que Karina fuera ungida con ese rol. Tendrían que pasar muchos, muchísimos otros personajes. Tendría que probar suerte en la televisión como una de los "Susanos" de Hola, Susana , irse de gira por España, especializarse en distintas técnicas de actuación, volver, descollar en obras como Te quiero, sos perfecto cambiá , enfrentar a exigentes directores con propuestas tan disímiles como Pepe Cibrián Campoy y Norman Briski. Tendría que subirse al escenario de la mano de Valeria Lynch para encarar juntas la exitosa versión argentina de Víctor Victoria , mientras se desarrollaban las audiciones para la versión de 2008 de Cabaret y ver cómo el premio mayor, ser Sally Bowles, se lo llevaba Alejandra Radano. Había atesorado tanto tiempo en su corazón el deseo de encarnar ese papel que la vida le devolvió la esperanza: tres meses después del estreno, Radano tuvo que abandonar la obra porque tenía un compromiso laboral cerrado desde mucho antes de firmar contrato con Cabaret . Víctor Victoria estaba bajando de escena. Las piezas encajaron como un perfecto rompecabezas y Karina se convirtió en una Sally Bowles visceral, conmovedora, personalísima. "Sé que eso fue un despegue mayor", dice con cierta humildad, recordando el hito que marcó tanto su carrera como la historia del teatro argentino: la puesta de Cabaret que supo comandar con pericia Ariel del Mastro.
 
Si aquel suceso fue la cima, ¿qué podría venir después... La seguidilla de premios y el aplauso de pie constante del público y de la crítica. Ganó el ACE por Souvenir , el Hugo por Sweeney Todd y se convirtió en una inesperada y elogiadísima Eva Perón luego de cantar "Si yo fuera como ellas", la canción emblema de Eva, el gran musical argentino pieza protagonizada por Nacha Guevara en el pasado, con música original de Alberto Favero, en la presentación de los libros de Pablo Gorlero el año pasado. Su interpretación, acompañada en el piano por el maestro Favero, fue tan profundamente conmovedora que provocó un fenómeno en el mundo de los fans del musical: el video de ese cuadro se viralizó a través de las redes sociales con tanta intensidad que cuando fue convocada para la tercera edición de Primeras damas del musical -espectáculo que reúne a las mayores exponentes femeninas del género no había dudas de que debería volver a interpretarlo. "Es increíble, todavía no puedo creer que haya pasado eso. Que a la gente le haya llegado tanto es un honor. Es mérito del maestro Favero. Me llevó a mi propia verdad para lograr ese rol", comenta, y promete que "algo se va a armar" para que ese material tenga vida otra vez.
 
Ovación masiva. Eso es lo que genera en la platea Karina K cuando termina una función. Provoca levantarse de la butaca, obliga a aplaudir de pie. "La inmensa", le dicen, pese a que su arte sea excluyente, sólo al alcance de los seguidores del teatro. Aunque se haya convertido en una leyenda de la escena local, Karina no es conocida a nivel país. "Es porque no estoy en la tele", dice, y suelta una carcajada. Admite que no le llegaron muchas propuestas, pero que "no haría una tira sólo por hacer. Me tiene que interesar. Sí me gustaría mucho hacer cine", dice. Hizo un importante papel en Caídos del mapa y en Juan y Eva , pero espera explorar más el séptimo arte. Extender sus confines inmensos. Trascender. Ir más allá del arcoíris.
Por Silvina Ajmat | LA NACION
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