La dramática vida de Judy

Foto: LA NACION / Santiago Filipuzzi
11/02/2014
Para LA NACION
La dramática vida de Judy
Al final del arcoíris / Autor: Peter Quilter/ Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino/ Intérpretes: Karina K, Antonio Grimau, Federico Amador y Víctor Malagrino/ Músicos: Alberto Favero (piano), Arturo Puertas (contrabajo) y Quintino Cinalli (batería)/ Escenografía: Héctor Calmet/ Iluminación: David Seldes/ Vestuario: Pablo Battaglia/ Dirección musical: Alberto Favero/ Dirección general: Ricky Pashkus/ Producción general: Javier Faroni/ Sala: Teatro Apolo/ Duración: 110 minutos. 
Neustra opinión: buena
 
Finalmente se estrenó en Buenos Aires una de esas obras muy esperadas por lo que significó su éxito en las principales plazas teatrales del mundo, pero sobre todo por la importancia del personaje en cuestión, Judy Garland, y por la estructura de una pieza de teatro musical dramático que exige una intérprete todo terreno: en nuestro caso, Karina K.
 
La obra nos lleva a Londres, en los años 60, en donde Garland prepara junto a quien en breve será su último marido y a un amigo de tierna confianza su regreso triunfal, para poder afrontar una cadena de juicios que sus acreedores le iniciaran mientras ella lucha contra las adicciones que, finalmente, le quitarán la vida tiempo después. Al final del arcoíris es el final de la vida de esta increíble artista, su lucha en contra del personaje que se devoró a la persona y el intento desesperado por encontrar algo de paz. Y entre escena dramática y escena dramática el público encontrará a "la Garland" en ese show londinense y escuchará sus canciones más conocidas (traducidas en este caso por Favero y K, algo que podría uno preguntarse acerca de si era necesario traducirlas o, por el contrario, hubiese sido mejor escucharlas en el idioma original, que es el modo en el que uno las tiene en la memoria).
 
La dirección de Ricky Pashkus es correcta y está puesta casi fundamentalmente en lo interpretativo. Sigue las demandas espaciales de la pieza original, deposita a sus criaturas en ese espacio y trabaja fuertemente para lograr que lo dramático sea alcanzado aunque todavía, en la función que vio este crítico, había algunos problemas de ritmo y de encuentro entre Karina K y Federico Amador. Por el contrario, cada escena de la protagonista con Antonio Grimau son una muestra de talento y generosidad. Él sabe que todo está depositado sobre ella y trabaja para acompañarla a las zonas a las que ella tiene que llegar en lo dramático, así como el maestro Favero y sus músicos hacen lo propio en lo estrictamente musical.
 
¿Y qué más puede decirse sobre Karina K que no haya sido dicho ya a la hora de cada uno de los estrenos en los que se ha lucido? Esta actriz posee tal talento que le permite sobrevivir con idéntica holgura a las escenas con demanda vocal o con exigencia dramática o con vetas cómicas. Ella sabe moverse en cada uno de esos momentos, jugando sutilmente a lo imitativo, algo que le viene muy bien en Al final del arcoíris . Cuando ha tenido que recrear a Niní Marshall, Karina K no la imitó, la compuso. No es una intérprete de máscara. Es una intérprete que con hondura busca la característica de su personaje y la elabora desde allí. Ahora hace lo mismo, pero con Judy Garland. Verla a Karina K en el escenario del Apolo no es ver a Judy Garland a través de una máscara. Es ver cómo una artista como ella piensa y siente a esa otra artista. Lo que uno ve es el pensamiento de la actriz sobre la actriz representada. Así cada uno de los aspectos imitados no son simplemente miméticos. No se para estrictamente como se paraba Garland, pero a su vez lo hace. No se mueve como ella, pero es ella. En fin, ver a Karina K sobre el escenario es uno de esos placeres que no se olvidan rápidamente..
Producción general: Javier Faroni
LA NACION
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Karina K

Ricky Pashkus