La fuerza de sus emociones

Judy se dejaba llevar
05/02/2014
KARINA K HABLA DE AL FINAL DEL ARCOIRIS
La fuerza de sus emociones
La actriz y cantante se enfrenta a uno de los mayores desafíos de su carrera: encarnar a la mítica protagonista de El mago de Oz hacia el final de su vida, a partir de la pieza teatral de Peter Quilter, dirigida por Ricky Pashkus.
 
 
 
 
 
 
 
  Por Hilda Cabrera
“Creo que están viendo cuántos shows puedo hacer antes de que me derrumbe.” Quien lo dice es la actriz y cantante Judy Garland, convertida en personaje de Al final del arcoiris por el estadounidense Peter Quilter. La acción se desarrolla en la Navidad de 1968, en el Hotel Ritz, de Londres, donde la artista comparte una de sus giras con su novio y su pianista Anthony. Esa situación es la que recrean la actriz y cantante Karina K y los actores Antonio Grimau y Federico Amador, en el Teatro Apolo, con dirección general de Ricky Pashkus y musical de Alberto Favero. En ese tramo final de su vida (Garland falleció en 1969), la artista hace recuento. De niña trabajó catorce horas diarias. Era un prodigio necesitado de contención y energizantes: “Hasta mi madre insistía en que tomara pastillas”, cuenta. Quizás esto explica “que haya ido tropezando y a los saltos por el camino de baldosas amarillas de El mago de Oz, cuando podría haber volado sobre el sendero”. La frase es una de las varias ironías que atraviesan el texto. Bromas que descubren una realidad que la inquieta. Protagonista de esta pieza, Karina K recuerda en la entrevista con Página/12 el inicio del proyecto. “Estaba presentando Souvenir cuando le comenté a Ricky la existencia de esta obra. Le interesó y buscamos cómo hacerla. No fue fácil encontrar sala en una ciudad con tanta producción”, resume la actriz, intérprete de musicales (Cabaret, Drácula, Sweeney Tod), de espectáculos en el desaparecido Parakultural y otros del circuito alternativo (Patricias argentinas, Sucesos argentinos, Antidivas), recitales de poesía y producciones del teatro oficial.
 
–En Souvenir, su personaje era también una cantante, Florence Foster Jenkis (1868-1944), dedicada a la lírica.
 
–Sí, y muy enriquecedor, porque me permitió reconstruir las técnicas que aprendí en Argentina y Europa y reconocer los límites de la vanidad. Florence quería interpretar las composiciones más emblemáticas de la música clásica. No era buena cantante, pero sus fallas divertían al público. La llamaban “la asesina de Mozart”. Su locura era creer que tenía un oído absoluto.
 
–¿Qué le atrajo de todo lo que se ha dicho y escrito sobre Garland?
 
–A Judy la tuve presente desde niña porque mi madre me hablaba de ella y de la película El mago de Oz. Después supe de su de-sequilibrio emocional y sus problemas con las adicciones, los psicofármacos y el alcohol. Me atrae su entrega, la fuerza de sus emociones, a las que no resistía. Se dejaba llevar y ofrecía todo su caudal expresivo. Esa era su poética. Me documenté sobre sus actuaciones en distintas etapas, y estudiando las partituras con Alberto Favero, apreciamos todavía más sus interpretaciones. Ella supo revertir el estilo de su época al separarse de lo clásico yéndose al jazz. Para nosotros tiene las facetas de un prisma. Era actriz y cantante, bailarina y artista de vodevil y de los números vivos que se veían en los cines. Era una mujer todo terreno.
 
–¿Esa es también su línea?
 
–Sí, soy un poco ecléctica. Estudié en el Instituto Lavardén (hoy Instituto Vocacional de Arte), mi primer trabajo fue en el musical Sugar, hice varieté y obras de texto, como Los indios estaban cabreros, de Agustín Cuzzani, en una versión que dirigió Rubén Pires, y Los siete gatitos, una puesta de Ricardo Holcer.
 
–Otra experiencia suya fue el nuevo cabaret...
 
–Un género que tuvo mucha fuerza en Barcelona, donde viví durante ocho años. En España me sentí parte del contingente de artistas del teatro alternativo que provenían de diferentes países. Se armaban varietés maratónicos. Trabajando en Europa tomé clases con grandes maestros, con Berti Tobías, por ejemplo, discípulo directo de Jacques Lecoq, que había abierto una escuela en Barcelona. Me formé en teatro físico y comedia del arte, estudié composición y máscara, y aprendí algo muy importante para mí: la autogestión.
 
–¿Qué destacaría del personaje Garland en la etapa que registra el autor?
 
–Más allá de lo tormentoso de su vida, ella siguió siendo un arco iris. Era luminosa. En esa etapa mostró el despojamiento de los grandes artistas. Estaba cansada de lo que en ella había de tortuoso; de sus altibajos e intentos de suicidio. En una escena, le dice a su pianista Anthony: “Darse cuenta de lo que soy capaz y no poder alcanzarlo... Todo era más fácil antes para mí”. Garland fue una mujer confiada, vulnerable al amor, y delegó en maridos que la explotaron.
 
–Aun así Quilter reconoce y subraya su humor.
 
–Que también remarco, porque éste es un biodrama con elementos de la comedia. Ella se jactaba de su humor también desde el escenario: “Sobrevivo a mí misma –decía– por mi sentido del humor, y por ustedes, mi público”. Era mediática y audaz. Defendió los derechos de los gays, que la fascinaban, y bromeaba sobre su adicción al alcohol. Cuando en escena bebía agua, lo aclaraba, porque algunos de sus shows no finalizaban correctamente.
 
–¿La asusta encarar a semejante personaje?
 
–Este es un momento de gran concentración y unión con mis directores. Digo “mis” porque son parte de mi vida. Los quiero. Tengo mucha protección, como la tiene Judy en la obra: la cuidan su joven pareja y Anthony. Le gustaba decir que el único lugar donde no necesitaba protección era el escenario, porque ahí sabía estar sola.
 
–¿Se considera actriz del musical?
 
–No lo podría afirmar. Esta es una comedia dramática, donde las canciones se integran a lo que se cuenta. No hice sólo musicales. Trabajé en La gran marcha, de Eduardo “Tato” Pavlovsky; Rebatibles, dirigida por Norman Briski, que no fue mi maestro, pero aprendí mucho de él. Participé también en El alquiler de las sombras, en su teatro Caliban. Con Ricky empecé a trabajar en 2004, con el espectáculo Te quiero, sos perfecto, cambiá. Me hablan de viajar a Nueva York, pero mi interés está en viajar por América latina y hacer cine. Un arte que me cautiva. Participé en La corporación, Juan y Eva y Caídos del mapa. Fueron experiencias muy hermosas. Me gustaría recorrer Centroamérica con teatro. Hacer las valijas y partir.
 
–¿Será que el deseo como la verdad triunfan si lo hacemos triunfar?
 
–Cuando se arma un buen equipo y hay ganas, los deseos se cumplen. Con Favero estamos armando un espectáculo con algunas canciones de Eva, el musical argentino, de Pedro Orgambide, Nacha Guevara y Alberto. En Primeras damas del musical presentamos un popurrí de Eva... Por el momento, sigo guardando mis ideas, mis textos y las canciones que grabamos con un músico amigo.
 
* Al final del arcoiris, de Peter Quilter. Versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Elenco: Karina K, Antonio Grimau, Federico Amador. Dirección musical de Alberto Favero. Dirección general: Ricky Pashkus. Estreno: hoy miércoles 5 de febrero, en el Teatro Apolo, Av. Corrientes 1372, Tel.: 4371-3454. Entradas en la boletería del teatro y por Plateanet.
Por Hilda Cabrera
Página 12
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